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Por: David Gómez Correa

Literato y artista visual. Profesor de Tantra en formación y estudiante de Dhakini Tantra.

davidmauriciogc@gmail.com@david_gomez_co

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Se requiere coraje para atravesar la sombra. El Tantra nos habla mucho de aceptar todo lo que somos, todo lo que hay en nosotros: nuestros deseos, anhelos, emociones, pensamientos, sensaciones, todo lo que nos hace quienes somos, lo que nos hemos permitido y lo que hasta ahora no nos hemos atrevido a permitirnos. La invitación es a aceptarlo y atravesarlo con consciencia, dándonos cuenta de que cada experiencia puede ser una excusa para la meditación.

Pero, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar-nos? Es muy fácil hablar de aceptar cuando lo que tenemos en mente es aceptar más placer, más disfrute, más realización de deseos que antes teníamos reprimidos. Parece fácil cuando se trata de aceptar que podemos consentirnos más, cuando comenzamos a aceptar decirnos que somos hermosos y perfectos tal y como somos. Porque antes no lo habíamos hecho lo suficiente y no nos habíamos dado cuenta de cuánta falta nos hacía más amor de parte de nosotros mismos. ¿Pero que sucede cuando se trata de aceptar lo que de pronto no nos gusta tanto?

Lo que está a la base de la aceptación es el amor. Sólo podemos aceptarnos más en la medida en que aprendemos a amarnos más; sólo con más amor comenzamos a permitirnos ser lo que antes nos obligábamos a reprimir. Y ese permitirnos ser necesariamente pasa por comenzar también a permitir eso que no nos gusta, eso que nos avergüenza, eso que nos duele y que nos hemos esforzado por ocultar muy bien, para que nadie vaya a verlo o a tocarlo por accidente: porque en el fondo lo que más miedo nos da no es que otro lo vea, sino verlo nosotros mismos. Y es de nosotros mismos de quien más nos esforzamos por mantenerlo oculto.

Y así funciona. Al comienzo, el amor que nos damos nos permite encontrar más dulzura, pero hay un punto en el que ese amor ya es suficiente para tocar el dolor, y lo tocamos. Primero, puede que simplemente lo vislumbremos, en la distancia, y entonces puede que nos asuste tanto que salgamos corriendo: todavía falta un poco más. Y es que se requiere coraje, mucho coraje, para tocar eso que tanto nos hemos esforzado por mantener oculto. Ahí se esconde eso a lo que más tememos y que seguirá controlando nuestras vidas, mientras sigamos manteniéndolo guardado con tanta fuerza.

“Allí donde está el peligro está también la salvación”, dice Jung. En tocar ese dolor con el amor que hemos ido desarrollando es donde puede haber sanación. Y, sin embargo, aterra, no dejamos de percibirlo como lo más peligroso, justamente porque en torno a ese dolor se ha articulado nuestra identidad, esa máscara con la que nos hemos identificado durante tantos años y con la que muchos nos han identificado. Llevar amor al dolor implica el riesgo de dejar de ser eso que siempre creímos ser, y es por eso que aterra.

Y en todo caso el peligro se vive como real. Hay un riesgo de locura, de disolución, de muerte, y atravesarlo es atravesar una larga noche en la que no habrá luna. Entonces, no queda otra cosa que la fe, que confiar ciegamente en que Eso superior nos llevará con bien al otro lado, y no hay más guía que el aullido del chacal, no hay más compañía que el latido de nuestro propio corazón.

Ayuda tener un acompañante que nos motive a ver eso que, por todos los medios, queremos no ver. Puede haber un terapeuta, un profesor, un guía, un maestro. Pero un buen terapeuta, como un guía o un maestro, no va a tratar de llevarnos adonde todavía no queremos ir, ni podrá recorrer el camino por nosotros, ni decirnos cómo es el camino, o a dónde vamos a llegar. Será como un viejo que ha recorrido el camino —el suyo propio— y podrá comunicarnos, sólo con su presencia, “sí, yo estuve ahí y aquí estoy”, podrá inspirarnos y, así, transmitirnos algo de su fuerza. Pero no más. Nuestras piernas no se moverán si no estamos ahí para hacerlo nosotros mismos.

 

Y más hondo que el miedo al cambio es nuestro anhelo de autenticidad:

 

Hay algo en el fondo de tú ser que empuja, que quiere brotar, florecer, alumbrar, y tú has estado esforzándote toda la vida por contenerlo y reprimirlo. Has estado luchando y eso ha sido agotador. Y no se trata de juzgarte: en algún momento dar esa lucha te sirvió para sobrevivir, y haberla dado te ha servido para llegar hasta acá. Pero ya no la necesitas, ya no tienes que seguir haciendo ese esfuerzo sobrehumano por no ser lo que eres, ya llegó el momento de descansar. Y el único descanso está en relajarte en tu verdad y entregarte a ella.

No se trata de esforzarte aún más, no se trata de hacer más: se trata de dejar de hacer y de por fin comenzar a permitir. Se requiere estar muy activo en el ejercicio de permitir. Y se requiere coraje. Un coraje que no es otra cosa que confiar en tu cuerpo y dejar que brote esa fuerza profunda que viene de las entrañas. Tu instinto te va a guiar, tu corazón seguirá siendo la fuente inagotable de amor, que es el combustible; tu mente quizá se confunda por momentos y quizá luche, pero si la has hecho tu amiga te dará pistas y te servirá para recordar cómo orar, y para recordar a todos aquellos que han venido antes y que te acompañan.

Ahora eres mucho más fuerte, eres más grande en amor y en todo tipo de herramientas, y eso que alguna vez sentiste que iba a matarte ya no lo va a hacer. Entonces, cuando estés ahí, quédate, sostente un momento más; permítete iniciar el recorrido, con la certeza de que tienes la fuerza para atravesarlo. Y, al final, quizá te darás cuenta de que tanto la sombra como la luz eran sólo parte de algo más grande, y de que ambas apuntaban en una única dirección.

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