Por Mario Manrique Pinzón: Practicante de Tantra, Iniciado Cobra 2 de Ipsalu Tantra International, Profesor de Kundalini Yoga (EF), Estudioso de la Eyaculación Femenina desde hace más de 8 años.
 

La eyaculación femenina; llamada Squirt, Squirting, Gushing, Kunyara o Amrita, dependiendo del contexto en que la trates, es uno de los temas más enigmáticos y más poderosos de la sexualidad humana, que en nuestra época es disfrutada por unos pocos, despierta la curiosidad de muchos y la incredulidad de otros tantos.  Muestra de lo anterior es el hecho que recientemente la ignorancia generalizada sobre el “squirt” ha modificado las reglas del porno mundial, demostrando que estamos muy lejos de comprender si quiera en que consiste el fenómeno de la eyaculación femenina desde el punto de vista biológico y mucho menos su trascendencia en el campo espiritual y su potencial sanador.

La buena nueva es que, más allá de los miles de contradictorios estudios estadísticos, información inexacta de enciclopedias online alimentadas por sabios que nunca la han atestiguado y mucho menos vivido, y de superficiales pasquines y columnillas sexuales que limitan su magia a 5 sencillos pasos y a una simple posición de dedos, la eyaculación femenina no es solo una práctica presente hoy en día en la vida sexual de algunas afortunadas, sino que ha existido siempre en la sexualidad humana y se ha tratado y documentado de diversas maneras en todas las culturas.

En la India, en un texto presuntamente escrito entre los años 200 y 400 DC por el sabio Mallanaga Vatsyayana, conocido como el “Kama Sutra” se habla de manera expresa del “semen femenino”, relatando cómo éste se libera durante el acto sexual o el orgasmo; sin embargo, sería la poesía india del siglo VII la que se encargaría de describir un “squirt” en medio de una relación sexual de la época, al señalar que “el néctar del amor salió en abundancia”. Posterior a esta primera descripción, muchísimos textos explican el fenómeno a través de símiles y metáforas muy dicientes, por ejemplo, en el libro conocido como “La Cámara de Jade” se habla de “una inundación de agua de la pasión”.

Por su parte, en occidente, fueron los griegos de la antigüedad quienes escribieron sobre el “semen femenino” alrededor del año 500 AC, describiendo estos fluidos como una parte fundamental del proceso de reproducción, sin asociarlos al orgasmo o al placer femenino. Aproximadamente 100 años después, fue Aristóteles el primero que habló del fluido que salía del útero de una mujer durante el disfrute sexual y lo describía claramente como más copioso que el semen masculino.

A pesar de todas las referencias claras que hace parte de la historia sexual de la humanidad y que se encuentran ampliamente documentadas en textos antiguos y sagrados de varias culturas, sería hasta mediados del siglo XVI, a través de la observación científica de un ginecólogo holandés de apellido De Graaf, que se darían los primeros pasos para la comprensión biológica de la eyaculación femenina, dando por primera vez descripciones detalladas de la próstata presente en el cuerpo de la mujer y el placer que la misma producía. Fue Alexander Skene quien en el siglo XIX describió con claridad dos glándulas que llevarían su nombre y a las cuales, hasta la fecha, se les atribuye la producción del líquido que se manifiesta en una eyaculación femenina.

Las Glándulas de Skene, están situadas en la pared anterior de la vagina, alrededor del orificio externo de la uretra, y se encuentran íntimamente ligadas al área en donde se focaliza el que sería llamado el  punto G, nombre dado por el ginecólogo alemán Ernest Grafenberg, quien en un famoso artículo publicado en 1940, describió los fluidos que se producen durante el orgasmo femenino, llegando a tal punto de detalle que escribió que “a veces, se tiene que poner una toalla grande debajo de la mujer para evitar que se manchen las sábanas de la cama”.

Las glándulas responsables de las profusas eyaculaciones femeninas son denominadas por diferentes autores como glándulas uretrales, parauretrales, glándulas vestibulares menores, punto U o próstata femenina. Así mismo la evolución en los conceptos hace que el punto G ya no sea tomado como un punto sino como una zona compleja en la que convergen varios centros importantes a la hora de producir un orgasmo o una reacción física, bien sea de tipo eyaculatorio o no.

Llegados a este punto es fácil comprender la eyaculación femenina como un hecho biológico, completamente natural y que se ha manifestado en toda la historia de la sexualidad humana. Dado este paso y habiendo documentado y racionalizado el fenómeno, es también importante entender sus misterios y experimentarlo, como algo cotidiano, físicamente placentero y energéticamente poderoso.

En la cultura Batoro, de Ruanda, las mujeres mayores enseñan a eyacular a las iniciadas que se enfrentan a una tradición que las pasará de niñas a mujeres, en un ritual llamado Kachapati, lo que se ha traducido como “rociado de las paredes”. En este país, la eyaculación femenina, o Kunyara, como se le conoce localmente, es una cuestión de importancia social; en su vida sexual el hacer que la mujer alcance el orgasmo y eyacule es algo primordial.

Por su parte la noción más “espiritual” que se conoce de la eyaculación femenina es “Amrita”, palabra de origen sanscrito, que significa “sin muerte” y es el vocablo utilizado para designar el “néctar de los Dioses”, el equivalente del concepto griego de “Ambrosia”.

El Amrita está relacionado con el Samudra Manthan o “Batido del océano de leche”, uno de los mitos fundamentales del hinduismo: los dioses, debido a la maldición del iracundo sabio Durvasa, habían comenzado a convertirse en mortales, por lo que, con ayuda de los demonios “Asuras”, batieron el océano de leche (que es según la mitología, es un océano concéntrico que se encuentra más allá del océano de agua salada y del de agua dulce), para encontrar el “Néctar de la inmortalidad”. Tras beber el Amrita, los dioses recuperaron la inmortalidad y derrotaron a los demonios.

Dentro de las doctrinas yóguicas, se explica como el Amrita fluye desde “Ajna”, nombre que se le da al sexto chakra, ubicado en el entrecejo, en donde se ubica popularmente el llamado “tercer ojo” y empieza a descender para que finalmente en el proceso femenino retorne a la raíz y se exprese a través de un torrente de fluido que es, en sí, la eyaculación femenina, siendo éste una bendición, la cual, según textos yóguicos, si es bebida se ingresa al camino para conquistar la muerte y adquirir la inmortalidad.

En la vagina de la mujer se guardan memorias ancestrales que dan acceso a la sabiduría infinita, pero también a muchas heridas, linajes enteros de maltratos, privaciones y sacrilegios en contra de su templo sagrado. Es en la vagina en donde se encuentra curación y es a través de su liberación que se pueden limpiar siglos de maltrato hacia nuestra propia divinidad y a las fuerzas masculinas y femeninas que convergen en cada uno de los seres.

 Desde donde se mire, siguiendo la tradición que sea o acudiendo a conocimiento de cualquier latitud, la eyaculación femenina es un camino de sanación, en el que lo masculino encuentra la ofrenda del secreto de la inmortalidad, soporta firmemente el universo, expresando su luz solar rindiéndose al poder de la Diosa; y lo femenino se potencializa al retornar a su raíz, a su naturaleza acuosa, a su belleza lunar, a su oscuridad profunda desde donde todo surge, retornando juntos al silencio sobre el que todo ha sido creado.  

¡Exploremos y sintamos profundamente este proceso sagrado y natural, ahora que nos damos cuenta que no sabemos nada de él, pero que siempre hemos sentido que está allí!

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