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Por: David Gómez Correa

Literato y artista visual. Profesor en formación y estudiante de la formación en Tantra de Dhakini Tantra.

davidmauriciogc@gmail.com@david_gomez_co

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A mí, del Tantra, me atrapó la idea de ‘aceptación’. Entender que todo en mí estaba bien, que no necesitaba cambiar nada ni luchar con nada de lo que era natural y espontáneo, que podía abrazar mi deseo, mi cuerpo, mis emociones, lo que me gustaba y lo que no, lo que les gustaba a los otros y lo que no. Entender que incluso si sentía culpa estaba bien, pero que esa culpa ya no era tan necesaria porque no había nada que cambiar. Me pareció revolucionario y ya eso fue transformador para la manera en que vivía mi sexualidad.

El cambio seguramente no ocurrió de un día para otro, pero cada vez fue siendo más claro que no se trataba de complacer al otro, que a nadie le servía que yo tratara de construir una imagen, de ocultar ciertas cosas y de mostrar otras; que no se trataba en absoluto de estar conteniendo algo sino de explorar nuevas maneras de abrirme a mí mismo y encontrarme con mi pareja desde esa apertura. Lo importante era el abrir no el cerrar.

Yo creo que para abordar el tema del “sexo tántrico” lo primero es aclarar diferentes conceptos con los que el Tantra suele confundirse: yoga sexual, sexualidad sagrada, sexo consciente y Tantra son todas exploraciones que tienen que ver con la consciencia, el desarrollo humano y espiritual y la sexualidad, pero son diferentes. El Tantra no se limita a la sexualidad, es un sistema completo de desarrollo humano y espiritual que, así como aborda todas las dimensiones de la experiencia humana, aborda y abraza también la sexualidad y la genitalidad (a diferencia de otros sistemas que simplemente omiten el tema o plantean el celibato como la única opción coherente con la búsqueda de un progreso espiritual).

En esa aceptación también de las experiencias que otras corrientes espirituales han negado, creo que está tanto el valor de lo tántrico como lo que le ha significado mucha estigmatización en diferentes momentos de su historia. Y es que de los tantrikas se ha dicho que usan la espiritualidad como pretexto para todo tipo de excesos, que se drogan, fornican y matan, que hacen magia negra y hasta que son caníbales. Pero más allá de las leyendas, lo cierto es que el término tantrika siempre ha estado asociado a alguien para quien incluso la oposición entre lo puro y lo impuro resulta impura; es decir, para un tantrika, rechazar algunas experiencias y dimensiones de la existencia material por considerarlas menos elevadas es seguir en la dualidad, es seguir jugando al mismo juego de esa existencia limitada. Para un tantrika, cualquier experiencia puede ser aprovechada como un vehículo para la meditación y la trascendencia.

Y, sin embargo, es muy sutil el límite entre abrazar una experiencia con consciencia, con el propósito de crecer y ofrendarla a la divinidad; y desearla con un fin egoísta. Y esto nos lleva a tocar un concepto esencial, que es el de la intención. Si estamos tratando con una forma de la energía que es sagrada y además muy poderosa, que es la misma energía creativa que nos permite manifestar y transformar la realidad física, el propósito no puede ser egoísta. No me acerco al otro con la intención de satisfacer un deseo, sino para estar a su servicio y como una exploración de lo que ambos somos. Muchas personas se preguntan por las consecuencias energéticas de tener sexo con alguien, yo estoy convencido de que si la intención es amorosa y de servicio no hay por qué tener miedo: lo que genera una deuda es buscar satisfacer una necesidad propia a través del otro.

Un segundo concepto esencial es el de transmutación. Puede haber transmutación de emociones, de energías, de intenciones, de experiencias. Y aplicada a la sexualidad se trata de llevar la energía sexual de los centros energéticos más bajos a los más elevados. Y esto no significa que consideremos los centros energéticos más bajos inferiores en un sentido espiritual, sino que esa misma energía que nos mueve en el nivel del instinto y que es tan poderosa puede ser usada para impulsar lo que hacemos a través de los demás centros energéticos. Y, entonces, podemos usar esa energía para crear, para materializar, para sanar emociones y para entrar más profundo en meditación.

Para mí, como hombre, fue esencial comprender que el sexo y el orgasmo no necesariamente estaban ligados a la eyaculación. Y la base de entender esto está justamente en la posibilidad de elevar la energía. Cuando se llega casi al punto del orgasmo y se eleva la energía, se deja de sentir la necesidad de expulsarla y la energía puede continuar creciendo más y más; y cuando esa energía orgásmica sube la experiencia es mucho más intensa que un orgasmo solamente genital. Entonces, se comienza a comprender no solo que el orgasmo es independiente de la eyaculación sino que, al no estar presente ese objetivo, al no haber ese afán de la eyaculación, es posible abrirse a la experiencia de una manera completamente diferente.

Hay escuelas de Tantra que defienden que un hombre nunca debería eyacular excepto para tener un hijo y otras que dejan abierta la posibilidad de hacerlo, siempre que se haya hecho transmutación y que la energía se haya pasado por el corazón varias veces antes. En mi búsqueda, también me he encontrado con diferentes prácticas como no botar el semen sino tomárselo, ofrecérselo a la pareja, o incluso sembrarlo en la tierra con algún propósito. Pero más allá de las prácticas elegidas, yo me quedo con la compresión de que en mi semilla está todo mi potencial creativo y que lo que decido hacer con mi energía sexual es también lo que decido hacer con mi capacidad de crear y materializar la vida que quiero. Y al hacerme consciente de eso ya no estoy dispuesto a ponerla en cualquier lugar.

Y, sin el afán de la eyaculación, es más fácil entrar en el amor como una experiencia meditativa, disfrutando de la deliciosa tensión que se crea en el encuentro de dos seres que se complementan energéticamente y sin querer llevarla a un término, permitiendo que crezca y se expanda; explorando lo que hay, olvidando si lo que siento es a mí mismo o a mi pareja, entregados a lo que va aconteciendo, en inocencia, sin expectativa. Entonces, la respiración se convierte en una puerta a experiencias más sutiles, en las que uno está al servicio del otro para que pueda profundizar en su propia divinidad; ofreciéndolo todo a la expansión del amor y la gratitud. Y yo diría que ese es el punto de partida, donde comienza la verdadera exploración.

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